Una lectura biocultural

Javier Medina

Solemos olvidar que estamos dentro de un proceso único y universal, que los cosmólogos llaman Cosmogénesis, y que es diverso, complejo y ascendente. De las energías primordiales llegamos a la materia, de la materia a la vida, de la vida a la conciencia y de la conciencia al cosmos otra vez, entendido ora como Dios, ora como Substancia, ora como En sof, ora como Vacío cuántico …  El ser humano es la parte consciente, inteligente, con chuyma, de este proceso. Somos sólo un pestañeo ocurrido en el universo, en nuestra galaxia, en nuestro sistema solar, en nuestro planeta y, a saber, en los últimos minutos.

Estamos viviendo un momento de convergencia entre el Animismo y el Monoteísmo avanzado, que se está volviendo animista: el nuevo animismo judeocristiano. Los cosmólogos occidentales están descubriendo la Pacha. Traducida como era geológica, la llaman Ecozoico. La premisa central del Ecozoico es entender el universo como el conjunto de las redes de relaciones de todos con todos y  comprender a la Tierra como un superorganismo vivo que se autorregula y continuamente se renueva. Dada la embestida productivista y consumista posibiltada por el Monoteísmo (en virtud de su antropocentrismo) e implementada por el Capitalismo (en virtud de su abstracción), este organismo ha quedado enfermo e incapaz de «digerir» todos los elementos tóxicos que hemos producido sobre todo a partir de la Revolución industrial. Por ser un organismo, no puede sobrevivir de forma fragmentada sino integral. El desafío actual es mantener la integridad y la vitalidad de la Tierra. El suma qamaña de la Tierra es nuestro suma qamaña.

 El objetivo inmediato del Ecozoico no es simplemente disminuir la devastación en curso, sino, sobre todo, alterar el estado de conciencia responsable de esta devastación. Cuando surgió el Cenozoico, hace 66 millones de años, el ser humano no tuvo ninguna influencia en él. Ahora, en el Ecozoico, casi todo acaece debido a nuestras decisiones: si preservamos una especie o un ecosistema o los condenamos a la desaparición. Con otras palabras: Pacha / Ecozoico lo que pretenden es alinear y armonizar las actividades humanas con las otras fuerzas operantes en el Planeta y en el Universo, para alcanzar un equilibrio creativo y podamos así garantizar a nuestros hijos un futuro común. Esto implica, obviamente, otro modo de imaginar, de producir, de consumir y de dar significado a nuestro paso por este mundo: cambiar nuestro sistema de vida desde nuestras raíces y nuestro entorno concreto.

Cada vez más personas se están incorporando a esta búsqueda de una nueva manera de morar con la tierra. Esto, justamente, evocan las palabras Pacha y Ecozoico. Como se deduce, están preñadas de promesas. Nos abren una ventana hacia un futuro de vida y de alegría.

¿Cuáles son nuestras potencialidades?

 Antes de emprender este viaje, consciente: político, en busca de nuestra Tierra sin Mal, debemos repasar, brevemente, nuestras potencialidades ya dadas, que están ahí, pero que no les hemos prestado atención. Sólo tenemos que actualizar nuestras potencialidades. Hemos sido mal educados a esperar nuestra salvación de las inversiones extranjeras y de las exportaciones; es decir, de las migajas que dejaba caer los inversionistas.

  Variedad y biodiversidad

 Desde el punto de vista del  territorio  y de nuestros recursos naturales, lo que tenemos como dato básico es nuestra biodiversidad; la cantidad increíble de ecosistemas y microclimas que se encadenan verticalmente.  Este hecho natural  trae consigo  variedad. Vale decir  que Riqueza, en un espacio como éste, sólo es posible como cultivo de la variedad, y facilitación del acceso a la diversidad.  Cuando nos empeñamos en lo contrario, en el fomento del monocultivo,  lo que conseguimos es pobreza y escasez.

   Tener dos civilizaciones antagónicas  pero,  por ello mismo, complementarias.

Desde el punto de vista de la población, nuestra potencialidad está en que tenemos  dos civilizaciones: una animista y otra monoteísta e interfases de sistema entre ambas, que coexisten y se  han articulado más por ósmosis que por una voluntad de diálogo de la civilización  dominante.  En este sentido, y después de 500 años, este cara a cara de civilización lo ha ganado el Animismo. El cambio climático antropogénico dramatiza, elocuentemente, que los occidentales equivocamos el camino.

Ahora bien, de esta suerte de tolerancia pasiva mutua, filosóficamente hablando, y de agresión  activa,  desarrollístamente hablando, debemos pasar a una coexistencia interactiva y dinámica: a una convivencia civilizada.  Y ésta es una potencialidad increíble que puesta en acto proveerá del know how de cómo, con esta gente y en este espacio, podemos crear abundancia para que todos tengamos calidad de vida.

Tener las dos energías de la Economía: el Capitalismo (energía fermiónica)  y la Reciprocidad (energía bosónica)

 En lo que atañe a  la Economía, nuestra potencialidad estriba en que tenemos  las dos energías, diferentes  y  contrapuestas: el Capitalismo y la Reciprocidad que, minimizada la primera (por los estragos producidos; es una energía fuerte, fermiónica: saxra) y  maximizada la segunda, nos permitirán crear la matriz (sabiamente balanceada) a partir de la cual la humanidad reconstruirá la esfera ecológica y la esfera vernácula que precisa una ciencia económica a la altura de los conocimientos actuales que posee la humanidad.

El aporte nuestro consistiría, primero,  en reconocer públicamente que tenemos estas dos energías económicas y dejemos de auto engañarnos, con rodeos que no llevan a ningún lado, teorizando acerca del “Sector informal”. Luego, analizar cómo están funcionando de facto ambas energías; tercero, averiguar cómo operan sus interfases de sistema; cuarto, cómo diseñamos la complementariedad de ambos, como política pública. Es decir, cómo creamos territorialidades para la primacía de uno u otro, según nuestras conveniencias. En esta transición, es lógico que en las ciudades haga masa crítica el Capitalismo y en el campo la Reciprocidad.

El Capitalismo produce inexorablemente la cosificación de todo lo que toca; le quita el ajayu al producto de la labor creadora del ser humano. Por tanto, produce desvalorización, individualismo, ruptura de los vínculos sociales, exclusión. Es decir, aniquila los valores sin los cuales, por otro lado,  no es pensable lo humano. Sobre ello no debiera haber equívoco. También produce, como sabemos, bienes materiales en serie, riqueza, abundancia de objetos etc. El Capitalismo es cuantitativo.

Por el contrario la Reciprocidad es cualitativa y lo que produce son los valores humanos: amistad, confianza, solidaridad, crea vínculos comunitarios; en una palabra: produce calidad de vida. Si van revueltos, como ahora, se impone el Capitalismo, pues  se basa sólo en la energía fermiónica (secularización del principio monoteísta: lo en sí ). La Reciprocidad, en cambio, se basa en la energía bosónica (expresión del principio animista: lo que está en relación). La solución va por aplicar la lógica de la complementariedad de opuestos en territorialidades bien definidas. Este desafío que tiene planteada la humanidad, si en algún lugar es posible  implementarla ya, es en la Bolivia de hoy. Occidente extirpó la reciprocidad: la Paridad: la lógica del don, pari pasu, se imponía el modelo patriarcal de un solo dios, una sola verdad, un solo camino.

   Tener una Tecnología simbólica

 Desde el punto de vista  tecnológico, la civilización amerindia ha creado una tecnología simbólica, que le permite, justamente, interactuar con la naturaleza entendida como un ser vivo e inteligente. El Occidente judeocristiano, al partir de otro supuesto: dominar la tierra, no tuvo necesidad de desarrollar esta tecnología amigable con la naturaleza.

¿Cómo funciona la tecnología simbólica? Al ser una tecnología holista, amarra la complejidad de una manera muy pragmática. Juan Van Kessel  señala las siguientes características:

Es un estímulo psicológico. Las ceremonias del ritual de producción dan seguridad y optimismo al hombre andino, abrumado por un entorno incierto, azaroso, complejo, probabilístico, expuesto a las inclemencias, incertidumbres y riesgos de un ecosistema que tiende a los extremos con facilidad: sequía o inundación, abundancia o carestía, etc.

Es un contralor de la  experimentación técnica. Puesto que no puede correr el riesgo de equivocarse, como cuando se experimenta en un laboratorio, la tecnología simbólica reduce el margen de riesgo de los experimentos a proporciones socialmente aceptables, contribuyendo de este modo a la defensa necesaria contra la posible turbulencia y destrucción que trae consigo cualquier experimento técnico..

Es un integrador de valores. La explicación básica de la funcionalidad de la tecnología simbólica proviene, según van Kessel, de la sensibilidad del hombre andino respecto de los valores no materiales de la existencia: el misterio de la vida, la relación que existe entre su propia existencia y su entorno natural. De este modo,  el ciclo agrícola y el ciclo vital son concebidos como una unidad. Se comprende el sentido de uno, si se entiende el otro y viceversa. Y la  ritualidad es, justamente, lo que garantiza que este sistema cognitivo multirelacional pueda operar.

 Es un marco y un método de observación. La tecnología simbólica  provee de un método contemplativo de observación y de sistematización de lo observado, así como de una metodología adecuada de comunicación y  aplicación. La observación contemplativa es una tecnología muy  eficiente para captar la interconexión de la complejidad de lo real

Es una protectora contra el reduccionismo. Por ello mismo, la tecnología simbólica procura un nexo, entre los valores económicos, ecológicos, éticos, políticos, etc. No cabe para la tecnología andina  una racionalidad puramente económica, autónoma, descontrolada, liberada de normas éticas y religiosas.

Es una tecnología que acumula y reproduce más tecnología. La tecnología simbólica representa el principal sistema mnemotécnico y cumple la misma función que una biblioteca en las sociedades occidentales. El sistema andino; es decir, la codificación de la tecnología en formas rituales, probablemente sea  menos exacto y preciso que el registro escrito y guardado en bibliotecas, incluso puede que esté más expuesto al olvido y a la pérdida de información, pero es más flexible, entendible, adecuado y reajustable a los desarrollos locales,  porque ofrece un recurso estratégico particular: está centrado en la comunidad local, en el detalle, en la máxima variación posible.

Estímulo a la responsabilidad. Los rituales de producción interiorizan compromisos, estimulando la co-responsabilidad para, de este modo,  garantizar la cohesión del sistema social,  estableciendo límites y normas técnicas que son, a su vez, normas sociales,  religiosas, morales y políticas.

Finalmente, por todo ello, justamente, es una garantía para el equilibrio ecológico del sistema global. El ritual de pago a la tierra, por ejemplo, recuerda la religación, la necesidad de guardar los equilibrios necesarios que acompañan el trabajo agrícola y pastoril. Su intención es alimentar el bio feedback: devolver a la tierra lo que se ha extraído de ella, devolver lo que ella ha regalado para que todo esté bien cumplido en términos de tinku. Esto se refiere a la ley básica del buen equilibrio en el intercambio de la tres comunidades del Ayllu cósmico

    La  pragmática  celebratoria del trabajo de los amerindios

El concepto andino de trabajo tiene como fondo una cosmovisión animista. El hombre se sabe parte de un cosmos vivo, sagrado, animado y de una tierra madre. El cosmos es entero,  no quebrado por la oposición materia-espíritu; ni desintegrado por la contradicción religión-tecnología y el divorcio entre ética y economía; no partido por la separación del hombre respecto de su trabajo y por la enajenación del producto de su trabajo.

Trabajar, por tanto,  significa, como dicen Grillo  y Rengifo,  “críar la vida del mundo”, pero vida en su sentido más pleno, como vida biológica, humana y espiritual. De ahí dimana su sentido, así como de su ejecución comunitaria en diálogo e intercambio con la comunidad de la sallqa y la comunidad de las wakas. Por lo mismo, el trabajo es contemplación, meditación y celebración y la chacra deviene, por ello mismo, en el principal lugar de culto del hombre andino y, por tanto, en  el punto de encuentro, diálogo e intercambio de las tres comunidades que componen el Ayllu cósmico andino.

Por este carácter animista,  el trabajo, en los Andes,  no lleva a violentar el medio natural y menos aún al trabajador; no conduce a un trato irrespetuoso de la vida, ni a abuso, maltrato o agotamiento de la tierra, ni a la sobreexplotación de su fertilidad y riqueza, ni al despilfarro y al consumismo. Produce frugalidad.

Así, pues, desde el punto de vista del trabajo, un  activo importante que tenemos consiste en la manera cómo los amerindios han ligado trabajo con juego, a través  de la ritualidad, que azuza una emulación no antagónica sino de sinergia, sumamente importante, como insumo, para la construcción de una civilización cualitativa.

    El saber botánico y bioquímico de los amazónicos

 Este saber es tanto más intrigante cuanto que nos está enfrentando con el origen mismo del saber  humano y  su asombrosa relación con la estructura del ADN. Ilustraré lo dicho con el ejemplo de la composición química de la Ayahuasca que nos reportara Jeremy Narby.

Esta mixtura alucinógena es una combinación de dos plantas. La primera contiene una hormona que el cerebro humano produce naturalmente, la dimetiltriptamina, que, sin embargo, es inactiva por vía oral, puesto que está inhibida por una enzima del aparato digestivo, la monoamino oxidasa. Ahora bien, la segunda planta de la mixtura contiene, precisamente, varias substancias que protegen la hormona del asalto de esa enzima. Esto ha hecho decir a Richard Evans Schultes, el etnobotánico más renombrado del siglo XX: ”Uno se pregunta cómo pueblos de sociedades primitivas, sin conocimiento ni de química ni de psicología, han logrado encontrar una solución a la activación de un alcaloide vía un inhibidor de monoamino oxidosa. ¿Por pura experimentación? Tal vez no. Los ejemplos son demasiado numerosos y podrían aún ser más con investigaciones suplementarias”.

He aquí, pues, como dice Narby, gente, sin microscopio electrónico ni formación bioquímica, que selecciona, entre las aproximadamente ochenta mil especies amazónicas de plantas superiores, hojas de un arbusto que contienen una hormona cerebral precisa, las cuales combina con una substancia bloqueadora de la acción de una encima precisa del aparato digestivo, encontrada en un bejuco, con el fin de modificar deliberadamente su estado de conciencia. Y todo esto desde hace aproximadamente cinco mil años.

Cuando se les pregunta cómo saben esas cosas, responden con palabras que una mentalidad racionalista y cristiana no puede entender: “Es bebiendo ayahuasca como uno aprende estas cosas”, “Las plantas  te enseñan”.

Pues bien, todas las grandes civilizaciones que conocemos se configuraron y recibieron una tonalidad específica a partir de un centro ritual donde se celebraban Misterios que les enseñaban;  mejor dicho, les hacían sentir, a través de ritos iniciáticos de pasaje, cual sea su lugar en el cosmos. Este saber esotérico, por ejemplo, es perceptible en la serenidad y mesura que irradian las esculturas griegas que han llegado hasta nosotros. Esa fue la misión, precisamente, del santuario de Eleusis, en la Atenas que inventó la democracia, al que peregrinaron todos los griegos por lo menos una vez en su vida. Pues bien, no hay civilización sin un santuario donde los hombres se enteren, de verdad, de qué va la película de esta vida.

Pues bien, la Amazonia, el Chaco y los Andes, son el santuario donde los hombres de la civilización ecozoica se volverán a reconectar con su animalidad, con su vegetalidad, con su astralidad: en fin, con todo el proceso evolutivo de la especie que llega hasta nosotros a través del código genético. De este reencuentro con la filogenia de nuestro ser, brotará una nueva ética cósmica

Tener en la forma mentis andina, un modelo lógico que coincide y es funcional al nuevo  paradigma científico-técnico

 El paradigma lógico andino es un sistema, como sabemos, formado por dos opuestos, mutuamente excluyentes, en el que la actualización de uno de los polos implica la potencialización del otro polo. Dichos opuestos complementarios se unifican en un paradógico tercer término que incluye contradictoriamente a los dos, por igual y, a saber, simultáneamente. Esto es posible porque cada término de la polaridad potencializa a su opuesto y al enfrentarse ambos, estando igualados en un tenso equilibrio de fuerzas contrapuestas, los dos términos de la polaridad terminan diseñando un estado intermedio entre acto y potencia, entre ser y no ser; es decir, una tercera posibilidad que niega y afirma a la vez los dos polos que le constituyen.

Cada uno de los opuestos prevalece alternadamente, por turno, mita, sobre el otro, en el ciclo del Kuti. Al comienzo predomina; es decir, se actualiza, el primer término, mientras el segundo término de la polaridad se halla subordinado; es decir, en estado potencial. Luego, los dos términos se enfrentan diseñando un empate, donde ninguno predomina sobre el otro o, dicho de otro modo, donde ambos predominan simultáneamente. Por último, se impone el segundo término que se actualiza a expensas de la potencialización y la subordinación del primero y, así, indefinidamente. El Tinku es la contraposición equilibrada de fuerzas antagónicas que conforman la unidad contradictoria del Todo.

Pues bien, este modelo lógico es el que precisa, para ser ejecutada, la recomendación del Club de Roma de poner “límites al crecimiento”, o el postulado del Ecozoico: “buscar el equilibrio y la homeostasis global del sistema Tierra”. Pero es más, este modelo lógico es similar al modelo lógico desarrollado por Stéphan Lupasco, al que aludíamos hace poco. Este autor, en efecto, plantea que todo sistema energético se basa en la contradicción entre dos principios mutuamente excluyentes: el Orden, negentropía, y el Caos, entropía. Ahora bien, resulta que en los sistemas físicos macroscópicos (teoría de la relatividad) predomina el Principio de entropía. En los sistemas biológicos (el cosmos newtoniano) prevalece el Principio de Negentropía y en los sistemas subatómicos (mecánica cuántica)  y también en los sistemas psíquicos (noosfera) predominan los dos Principios simultáneamente, en una unidad contradictoria virtual.

Por ejemplo, en el núcleo del átomo hay dos fuerzas antagónicas y contradictorias: las fuerzas atractivas, negentropía, que forman la unidad del átomo y las fuerzas  separadoras, entropía, que impiden que las partículas se aglutinen y desaparezcan en un solo punto. El núcleo atómico existe gracias al equilibrio simétrico entre dos polaridades antagónicas que se complementan y hallan su unidad en un tercer  estado que incluye a los opuestos de manera contradictoria. Así, pues, el núcleo atómico se constituye por la tensión de equilibrio simétrico entre actualización y potencialización; por tanto, nos las habemos con un estado intermedio, por así decir, entre atracción y repulsión, integración y disgregación, conjunción y disyunción.

Montes  llama la atención, asimismo, sobre la similitud de la lógica andina con la psicología profunda de C.G. Jung. Este, en efecto, considera que la psique humana es un fenómeno energético que se estructura polarmente y se rige por la Ley de contrarios: la famosa Coincidentia opositorum. La energía depende necesariamente de una antítesis preexistente, sin la cual no puede haber energía alguna. Siempre deben estar presentes, como sostiene Jung, la altura y la profundidad, el calor y el frio etc. para que tenga lugar ese proceso de igualación que constituye la energía. La vida es energía; por consiguiente depende de fuerzas que se mantengan en oposición complementaria.

En esta manera de ver las cosas, la evolución se da a través de los opuestos (en nuestro caso: monoteísmo-animismo) a través de la oscilación de un extremo a otro. La psique, como la biosfera y los cuerpos sociales, son sistemas  que se autoregulan, aunque los hombres lo ignoren o, incluso, a pesar de que postulen ideológicamente lo contrario, como sucede con los desarrollistas del Occidente moderno. No hay equilibrio, homeostasis,  ni sistema alguno de autoregulación, sin que se rija por el Principio de complementariedad de contrarios; se lo sepa o no. Mejor es no ser ignorante.

La ritualidad como recurso para volver a conectar al Hombre con la esfera de sentido: lo sagrado; conditio sine qua non para hablar de  calidad de vida

 El sentido y la calidad de vida provienen de la conexión que el ser humano establezca con la esfera  invisible, con el Orden implicado que soporta la realidad. La función partícula, exotérica, de la tradición judeo-cristiana, puso las bases para la andadura de civilización que ahora fenece y que se caracteriza por separar lo visible de lo invisible y mantener una débil conexión, basada en la exclusión del cuerpo y la maximización del “espíritu”, para lograr “estados alterados de conciencia” o “uniones místicas”, a través de un sistema litúrgico que cada vez se seculariza más, hasta provocar, en la actualidad, una fragmentación y atomización planetaria de los individuos que ya no saben reconocer la complejidad de los tiempos y espacios y los procedimientos para morarlos conscientemente. Todo es lo mismo.

Ahora bien, como esto no se puede reprimir, los individuos atomizados y aislados de la modernidad, buscan en las drogas químicas esa experiencia de lo sagrado, que el cristianismo ya no puede vehiculizar, pero, por ello mismo, la buscan salvajemente, sin reglas, etiquetas, tiempos, lugares; es decir, sin ritualidad, sin iniciación, sin preparación y sin acompañamiento. Esta es la realidad y el significado de la toxicomanía y drogodependencia contemporáneas.

Pues bien, el Monoteísmo precisa, ahora, injertarse en el Animismo para que la humanidad del próximo milenio pueda tener un aparato, un dispositivo, de sentido que haga justicia, por un lado, a la maduración cognitiva de la humanidad y, por otro lado, pueda producir sentido y calidad de vida en la civilización ecozoica.

Pues bien, este saber estratégico para el Tercer milenio lo tienen nuestros chamanes y yatiris; está escondido en las Plantas Maestras de los Andes, la Amazonia y el Chaco en la cultura ritual y ceremonial de nuestras sociedades amerindias. De aquí, de este injerto, entre el Monoteísmo y el Animismo, brotará la espiritualidad del Tercer milenio.

¿Qué modela esta herencia recibida, como un nuevo sistema de vida?

 Sugiero conversar las siguientes potencialidades que tenemos a la mano:

Una sociedad convivial

Históricamente, el concepto de cantidad ha sobredeterminado a las sociedades industriales;  el de calidad a sociedades vernáculas, como la amerindia, por ejemplo.  Ahora bien, Bolivia no ha llegado a ser una sociedad industrial; hay fábricas, cierto; pero un par de golondrinas no hacen verano.  En el deseo, empero, sí que es el modelo sobre el cual se ha construido el imaginario de la República que continúa en el Estado Plurinacional. El modelo industrial, sin sociedad industrial, es el generador del gran simulacro que somos. Vivimos en la inautenticidad.

Ahora bien, desde el punto de vista de este análisis, tanto calidad como cantidad, tienen como criterio operativo el concepto de  herramienta.  Las sociedades industriales trabajaron sobre la hipótesis de que la herramienta podría sustituir al esclavo, retomando así la vieja discusión aristotélica.  En este empeño la herramienta se convierte en “máquina-herramienta” y destila,  a través de la producción en serie, lo que se va a llamar la productividad industrial, azuzada por el dogma capitalista del crecimiento indefinido.

Terminada la revolución industrial sabemos que la máquina herramienta se ha metamorfoseado en un implacable  productor de servidumbre para el obrero y de intoxicación para el consumidor.  El señorío del hombre sobre la herramienta, como dice Illich, fue reemplazado por el señorío de la herramienta sobre el hombre.

Por eso es que una “sociedad de calidad de vida” sólo se puede  definir a partir de la relación del hombre con la herramienta y su entorno.

Illich llama, a este tipo de herramienta, convivial y dice que, para que sea tal, tiene que responder a tres requerimientos: (1) tiene que generar eficiencia sin degradar la autonomía de las personas; (2) no debe producir ni amos ni esclavos; (3) debe expandir el radio de acción de las personas.

Esto quiere decir que el hombre precisa de una herramienta con la cual trabajar y no de instrumentos que trabajen en su lugar.  Precisa de una tecnología que saque el mejor partido de la energía y de la imaginación personal, no de una tecnología que le avasalle y le programe.

La escala óptima es aquella que permite al ser humano conjugar eficacia y autonomía y la diferencia entre la productividad industrial y la convivialidad es el paso de la repetición de lo mismo: Capitalismo, a la espontaneidad del don: Reciprocidad. La relación industrial entraña una suerte de reflejo condicionado a mensajes emitidos por seres a quienes jamás se conocerá: abstracción y trascendencia (el secreto del Monoteísmo); la relación convivial, en cambio, implica interacción de personas que participan en la creación de la vida social: concreción y localización.

La convivialidad es producida en el seno de una comunidad equipada con herramientas eficaces.  Illich llama convivial a aquella sociedad en la que la herramienta moderna está al servicio de la persona integrada a la  comunidad y no al servicio de un cuerpo de especialistas. Convivial es la sociedad en la que el hombre controla la herramienta.

He aquí la primera provocación para conversar: una Bolivia convivial es más factible que una Bolivia industrial.

Una sociedad de frugalidad  y calidad de vida

 La inmensa mayoría de los bolivianos no van a poder acceder nunca a los ritmos y tasas de consumo de las sociedades industrializadas. Unos pocos, sí, como rebalse de la interacción de las elites occidentales con la globalización, pero no tanto por la dinámica propia de nuestro aparato productivo, que apenas si rebasa el nivel de ser exportador de materias primas, con aranceles preferenciales, sino por inercia. Estos son los hechos.

El Desarrollismo tercermundista azuza la ilusión de una quimera: progreso como consumo y riqueza como acumulación de dinero. No quiero entrar a la discusión de si con el consumo se incrementa la calidad de vida. Los sabios de Occidente dicen que no; a eso me atengo.

Por lo que a nosotros atañe, debiéramos ser pragmáticos. Si materialmente es imposible que el Sur pueda acceder a los mismos niveles de consumo del Norte, entonces  no debiéramos, en nuestras políticas públicas, aspirar a ello. Toda la clave para salir del Tercermundismo está en no aspirar, no desear, lo que no se va a poder conseguir; máxime si encima ello, además de no posible,  no es deseable; no aumenta la calidad de vida.

Lo inteligente y lo sensato, en cualquier circunstancia,  es aspirar a calidad de vida. Ahora bien, resulta que a lo único que podemos aspirar, materialmente hablando, es a calidad de vida. ¿Por qué no hacemos de esta necesidad y posibilidad un movimiento juvenil para regresar a la Pacha, con todo lo mejor que ha producido Occidente?

En verdad, lo posible y lo bello es una Bolivia frugal y de calidad de vida y no una Bolivia industrializada y consumista que, encima, no va a llegar nunca a ser una realidad y que la estamos persiguiendo desde 1825. Últimamente, el Estado Plurinacional ha financiado empresas estatales pequeñas. Su éxito o no, debiera darnos una pauta para verificar o falsar, definitivamente, esta sospecha.

Una sociedad de alta sinergia

 No debe haber una sociedad en la actualidad que disponga de un sistema tan sofisticado e institucionalizado de circulación de información, energía, bienes, servicios, dones: ayuda mutua,  en base a la reciprocidad, como las sociedades amerindias

El Ayni  ha permitido que esta civilización no sucumba ante la aplanadora de la modernidad que ha traído consigo el individualismo, la atomización de la vida, la primacía de la abstracción, la erosión de los valores humanos y la fragmentación de la realidad.

El Ayni es la ingienería ritual del modelo de Red,  con el que se tendrá que construir el proyecto de la Casa común planetaria. Para dar una idea de la complejidad del Ayni, habría que señalar cómo este sistema extiende su sistema de prestaciones recíprocas  más allá del Ayllu  visible, de acuerdo al cosmos newtoniano, a los Ayllus del Orden implicado: el de las wakas y la sallq’a.

Ahora bien, lo que causa perplejidad es ver cómo teniendo semejante recurso, a la Bolivia occidental no se le ha ocurrido usarlo para incrementar su riqueza. El Ayni debe aparecer en los Planes de Desarrollo Municipales y en los Planes Anuales Operativos. Estos instrumentos de gestión deben incluir el Ayni, no sólo como el “aporte local”. El Ayni tiene que romperle la hegemonía al Dinero de ser considerado como el único medio capaz de mover al mundo.

Los bolivianos tenemos que quitarnos las anteojeras del industrialismo; tenemos que aprender a ver los otros recursos que tenemos, provenientes de la civilización amerindia;  tenemos que cultivar el orgullo de lo propio y dejar el complejo de inferioridad; tenemos que cultivar la autoestima colectiva.

La gran riqueza de Bolivia es el Ayni, su pobreza es el dinero.

Una sociedad de baja entropía

 Nicholas Georgescu-Roegen, desde las teorías del caos y de la termodinámica, ha mostrado la miopía suicida del Capitalismo.  Desde la perspectiva de la Ley de entropía, el bendito crecimiento, en realidad,  resulta una ilusión. En efecto, en la medida que se produce más, en menos tiempo, mayor es la cantidad de energía no reinvertible que se produce y, en consecuencia, menor es la cantidad de energía disponible. Eso significa que a mayor crecimiento económico, mayor decrecimiento de la naturaleza.

Desde la Segunda ley de la termodinámica, el Capitalismo avanza en forma de count down. Mientras más cree que avanza, más  retrocede en los hechos, globalmente. Mientras menos gastamos, más ganamos. De ahí que Georgescu-Roegen proponga estimular economías de bajos niveles entrópicos  o, como dice el, de “economías sintrópicas”. Pues bien, eso es lo que es, justamente,  la Reciprocidad.

Ahora bien, las tecnologías indígenas, en general, son tecnologías sintrópicas [45]; es decir, intensivas en mano de obra y extremadamente eficientes en el uso de la energía. Víctor Manuel Toledo  ha demostrado cómo,  para producir  2 out puts de energía, la agricultura americana necesita meter 9 in puts de petróleo, como abonos, pesticidas, diesel,  etc. versus 4  in puts  y  15 out puts, en la agricultura de policultivos de los Tsembaya de Nueva Guinea, considerados los agricultores más primitivos del mundo, desde el punto de vista del capitalismo, pero los más eficaces desde el punto de vista de la eficiencia energética.

Pero, además, es que las tecnologías  amerindias, por ello mismo, son integrales. Por ejemplo, una andenería está, al mismo tiempo, creando suelo agrícola, donde no lo había, dado el escaso humus en pendiente; está regulando el clima (la única tecnología eficaz contra heladas y granizadas) gracias al efecto de turbulencia que produce el escalonamiento de la pendiente y gracias al efecto térmico que produce la piedra de la andenería, al conservar el calor del día durante la noche. El sistema de canales no sólo regula el uso del agua, sino que la almacena en los acuíferos del cerro, mantiene llenos los manantiales y los dosifica y distribuye en todo el espacio cultivado en la ladera.

Otro tanto se puede detallar de las otras tecnologías amerindias, insuperables en el manejo de la energía. Si la Economía es la ciencia del manejo de la escasez para producir abundancia, la tecnología y las economías amerindias  son, otra vez, una inagotable fuente de inspiración para construir la era ecozoica.

Una Bolivia posible es una que tenga sistemas económicos  sintrópicos y no una quimérica Bolivia industrializada con un sistema económico altamente entrópico.

Una sociedad de equilibrio

 Conceptualmente,  la sorda lucha y enfrentamiento entre la Bolivia occidental y la Bolivia amerindia ha sido la pugna por instaurar un modelo de sociedad   basado en privilegiar sólo la variable cuantitativa, extractiva, reduccionistamente economicista, versus el modelo de sociedad amerindio,  basado en tener en cuenta todas las variables: de ahí su complejidad y, al mismo tiempo, basado en buscar su equilibrio: de ahí su homeostasis.

Por esta razón, las sociedades amerindias son básicamente sociedades anti-desarrollo. El desarrollo apuesta al crecimiento exponencial de una sola variable a costa de todo lo demás.

Los amerindios se han resistido, como han podido, hasta el día de hoy, a este sistema. El resultado de cinco siglos de pugna desigual, es una suerte de empate trágico: ni funciona bien el modelo occidental, por eso somos coleros en los indicadores del Desarrollo; ni funciona bien el modelo amerindio, por lo que éstos se tienen que contentar con resistir.

La Bolivia posible, por tanto, debería consistir en desbloquear ese impasse y facilitar que los dos sistemas funcionen y dejen de bloquearse mutuamente. Probablemente, si así lo hiciéramos, en los Municipios más urbanos cobre más fuerza la visión occidental de crecimiento; en los Municipios más rurales e indígenas se imponga el modelo sistémico de equilibrio homeostático de la civilización amerindia y de la civilización cuántica y ecológica y, en las nuevas ciudades intermedias o pueblos de verdad, logremos el Tercer Incluido de ambas energías. Este es el desafío para la juventud.

Así, pues, es más factible una Bolivia de equilibrio que no una quimérica  Bolivia creciendo exponencialmente.

Una sociedad eco-simbiótica con su espacio

 En cuanto al espacio ocurre también otro bloqueo conceptual y operativo. Se enfrentan la visión mediterranea de región, válida para espacios planos, de humus profundo, alta pluviosidad, poca biodiversidad, muy homogéneos, a la que se ha añadido la visión cartesiana del espacio como una res extensa, inerte, plana, con la visión amerindia del espacio, entendido como un ser vivo, inteligente, caprichoso, imprevisible y que se expresa en la metáfora de “el Ayllu como animal”, que tiene las cuatro patas en tierras bajas, el estomago en los valles y la cabeza en  tierras altas. Dicho conceptualmente, la conocida estrategia de la ocupación vertical de un máximo de pisos ecológicos, por tanto discontinua, pero en simbiosis interzonal y no como compartimentos estancos.

Volver a tejer eco-simbióticamente el espacio es la estrategia más fácil, barata y a la mano para acceder a la variedad que ofrece la biodiversidad boliviana. Morirse de hambre y estar desnutrido en Bolivia, sólo es posible porque el lavado de cerebro ha sido muy profundo, se han trastocado todos los valores, los propios y los ajenos.

Propongo, pues, que nos pongamos metas pragmáticas, en vez de desear la quimera  que propone el mito del desarrollo desde 1953: que los amerindios se conviertan en farmers blancos y protestantes,  y la alta montaña tropical se comporte como  el medio oeste americano y los llanos amazónicos como la pampa argentina, porque sólo semejantes ecosistemas podrían soportar esa estrategia de transformación productiva del agro.

En vez de esa fatamorgana desarrollista propongo algo más obvio y a la mano: que los amerindios desplieguen todas sus grandes cualidades como criadores de la vida, expertos en biodiversidad, tejedores de la simbiosis interzonal, de modo que podamos, también los occidentales ecologistas, hacer de nuestra biodiversidad y multiculturalidad el proyecto piloto del Ecozoico.

Así, pues, es más fácil tejer nuestra biodiversidad eco-simbióticamente, que llegar a hacer de este espacio una llanura isotrópica como el medio oeste americano o la pampa argentina.

 Una sociedad de redes y flujos dinámicos

 Es preciso entender el espacio como un espacio vivo. Para ello, como dijimos, es menester investigar por donde fluyen los servicios, los bienes, la información, los dones, la energía; con otras palabras, cuales son los recorridos, en el tiempo y en el espacio, de nuestras ferias y mercados, los trajines de la reciprocidad, los santuarios, las fiestas  e incluso los eventos deportivos. Es decir, cuales son los nucleadores de la convivialidad, los generadores de los vínculos y las conexiones que tejen la comunidad, es decir, nuestros productores y generadores de humanidad. En esto Bolivia es pródiga; su problema es que el Estado no diseña su sociedad en base a este insumo fundamental.

Una sociedad de democracias locales directas

 La dinámica natural de las organizaciones  territoriales de base, cultiva una suerte de Democracia de tipo consejista en el que la Asamblea, los talleres: la interacción cara a cara, son el corazón del sistema. ¿Qué son, en realidad? El crisol de la integralidad;  el espacio donde emerge la inteligencia colectiva, donde se garantiza la simbiosis a diferentes niveles de la sociedad, donde se regula el sistema mediante un control jerárquico descendente y un control democrático ascendente. Estas Asambleas son el lugar y el momento donde se ejerce la subsunción del individuo y la pareja en totalidades cada vez mayores; donde se favorece las organizaciones paraleles: territoriales, funcionales, rituales etc. Son el lugar y el momento desde donde se impulsan los círculos virtuosos; se fractaliza el conocimiento: los saberes locales se interfecundan y complejizan mutuamente, formando corpus cognitivos eficientes para tomar buenas decisiones. Estas asambleas son el lugar y el momento desde donde la comunidad pilotea la co-evolución y la co-gestión de la Pacha. Aquí el verbo pilotear es usado en su sentido etimológico, kibernao, como conducción y gobernanza.

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